Son espacios en donde las nuevas ideas de los emprendedores se conectan con las empresas líderes, gracias a un entorno que facilita la comunicación y la colaboración en espacios abiertos. Para los expertos, Santiago tiene la oportunidad de ser uno de ellos si asume algunos retos pendientes.

Por Consuelo Salamia G.

En un espacio antes abandonado y rodeado de casas antiguas se encuentra la Fábrica de Medios: un enclave creativo a los pies del Cerro Blanco, en Recoleta, en donde diseñadores, publicistas, realizadores audiovisuales, y otros profesionales de las industrias creativas, trabajan colaborativamente en proyectos comunes. No son un coworking tradicional, dice Alonso Oyarzún, director ejecutivo del espacio. Ellos se definen a sí mismos, como un lugar de co creación y articulación de redes, en donde cada parte se vuelve más valiosa cuando forma parte de una cadena.

Su caso es un ejemplo de cómo un espacio físico, pensado para el intercambio de ideas y proyectos, puede impulsar la creatividad. El tema ha cobrado relevancia en las últimas investigaciones de arquitectos y urbanistas, quienes intentan descifrar cómo los entornos –desde pequeños espacios hasta ciudades y barrios– pueden fomentar el desarrollo de las industrias creativas y las economías.

Fue por ese motivo que el Banco Interamericano del Desarrollo (BID) incorporó el proyecto Fábrica de Medios en su libro “Economía Naranja”, de 2017, por fortalecer “los enlaces y la colaboración multidisciplinaria en favor del emprendimiento creativo y su impacto económico y social”.

El estadounidense Bruce Katz, fundador del Brookings Institution, es una de las personas que más se ha dedicado a estudiar el surgimiento de centros creativos, desde ciudades como Londres y Barcelona hasta urbes emergentes como Medellín. Él ha acuñado el concepto de “distritos de innovación” para referirse a estos lugares, que han empezado a proliferar en todo el mundo. Según su definición se caracterizan por ser zonas geográficas, en donde las compañías e instituciones líderes se relacionan y conectan con startups, aceleradoras e incubadoras de negocios locales.

Además, son ciudades que cuentan con una infraestructura que fomenta la colaboración abierta y el desarrollo del talento, con medios de transporte accesibles, conexión a Internet y viviendas de uso mixto, explica Katz en su libro The Rise of  Urban Innovation Districts. “En cada una de ellas, las universidades, los complejos médicos y los clusters de empresas tecnológicas y creativas están impulsando la expansión comercial y residencial”, dice Katz en un artículo resumen de su libro.

Algunos barrios y ciudades que han empezado a vivir este proceso en Estados Unidos, y que Katz menciona como ejemplo son Pittsburgh, St. Louis, Brooklyn y Chicago. Mientras que en el resto del mundo destaca Barcelona, Berlín, Londres y Medellín como “emergentes centros de innovación”.

  Santiago como centro creativo  

Para Pablo Allard, decano de la Facultad de Arquitectura y Arte de la Universidad del Desarrollo, los nuevos modelos de negocios colaborativos, como Airbnb o las oficinas diseñadas para el co working también están impactando en la forma en que se organizan los ciudadanos. Por ejemplo, a través de nuevos sistemas de transporte e incluso viviendas compartidas, que abaratan los costos  de vida tradicionales, y están permitiendo que los jóvenes destinen ese capital a otros proyectos.

“En un mundo globalizado, ya no son los países los que compiten por el capital humano, sino que son las ciudades”, dice Allard. “Si el entorno es atractivo y genera una experiencia urbana diversa va a ser más propicio para atraer talento, y las industrias creativas son ricas en capital humano”.

Él propone que Santiago tiene el potencial de posicionarse como un centro de negocios y de servicios creativos, si se hace cargo de los desafíos que demandan las nuevas tecnologías. Esto, pues cuenta con universidades que fomentan el surgimiento de profesionales especializados y una alta adopción de tecnologías que facilitan el intercambio de ideas, como los celulares e Internet.

Sin embargo, visualiza al menos cuatro desafíos en el mediano plazo, que son replicables a todo Chile: manejar la congestión vehicular, fomentar la resiliencia, disminuir la contaminación ambiental y revertir la segregación socio espacial de la ciudad, desarrollando nuevas oportunidades del centro a la periferia o, mejorando los accesos que van desde de la periferia al centro urbano.

La Fábrica de Medios, por ejemplo, enclavada en un sector donde no es usual encontrar emprendimientos creativos, ha revitalizado en parte la actividad del lugar, y ha generado vínculos con otros actores sociales que antes estaban apartados. “Esos son entornos para ocupar, son entornos para darle vida”, dice Alonso Oyarzún, director ejecutivo de FDM. “Nos estamos instalando en un sector diferente, una zona gris, donde hay desafíos, no solo de pensar soluciones creativas para una marca, sino de qué manera podemos ayudar a una comunidad, y eso cambia completamente las formas”.

Su principal diferencia con un coworking es que todas las empresas que trabajan en la Fábrica se conocen y tienen un relación fluida para el desarrollo de proyectos propios o comunes. De hecho, su mayor propósito es conectar actores, que antes estaban dispersos, para juntos generar mayor valor. Algunas ideas que han surgido al interior de la Fábrica, como Bunkey –en donde participan un ingeniero comercial, un publicista y realizadores audiovisuales– han conseguido un mayor valor comercial que la Fábrica en sí misma.

“En Fábrica de Medios creemos que la comunicación es un proceso clave en la experiencia humana. Nos permite expresar lo que somos, lo que hacemos, conectarnos con otros y lograr que nuestras ideas impacten y transformen nuestro entorno”, dice Oyarzún, en el libro “Economía Naranja”.

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